Ayer recibí una grata sorpresa en Salta. No fueron los miles de chupamedias que siempre me siguen en mis viajes. Yo la tengo clara y sé que la mitad quiere laburar de ñoqui y la otra mitad es arrastrada en colectivos por los intendentes y los punteros.
Estaba rodeada de periodistas y un señor buen mozo se me pone enfrente y me extiende un regalo.
“¿Qué es esto?”, le pregunté.
“Es una esmeralda, señora. Me llamo Carlos Sampedro”.
“Bueno, muchas gracias, muchas gracias”, le contesté y le di el protocolar beso en la mejilla.
Esos son los regalos que me gustan, no esos pedorros regalitos baratos y las cartitas que me entregan a cada rato. Era una esmeralda cruda, sin pulir, y de máxima pureza y fue extraída en Kenia, África.
Mi admirador contó que pagó cinco mil dólares por esa esmeralda. No es muy caro (gasto eso en zapatos en un finde en París) pero lo que vale es la intención.
Ya sé, me van a decir que como funcionaria pública no puedo recibir regalos porque violaría la Ley de Etica Pública.
Me importa un carajo. Una joya es una joya.
Ahora entiendo porqué Menem no quería largar la Ferrari que le regalaron.

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